sábado, 21 de abril de 2007

PROFECÍA DE LOS NORMALES (Víctor Gago)


Lo normal es que Mariano Rajoy Brey, ese hombre "normal", pierda las próximas Elecciones Generales. O que las gane con fatigada normalidad. Lo normal es que, entre José Luis Rodríguez Zapatero y Rajoy, los electores normales elijan con normalidad y buena letra repartirse. Tú a Londres, yo a California (en vuelo regular, por supuesto). Con tipos normales como Rajoy –"soy de Galicia"– y Zapatero –"créanme, cualquiera puede ser presidente"–, se normalizará todo lo viejo que precede al desastre español, la típica alternancia canovista, ahora restaurada por Jesús Polanco, en el papel de Rey Pescador, y los Borbones, en el de regentes tolerados.

Lo normal es que Rajoy haga como que todo es normal y siga tragando virutas incandescentes de un edificio en llamas, en el que lo único normal es que la gente aún cobra el uno de cada mes y sigue viendo normal lo que ya lo era en los 80 y 90: con el PSOE, los ricos viven mejor que nunca.

Normalmente, Rajoy se mimetizará con el decorado de TVE cada vez que le llamen, entre el Teledifamario Primera Edición y el Telecalumniario 24 Horas. "Fiel a su propio estilo, y a la aconsejada neutralidad indumentaria", como lo descuartizó con sardónico bisturí la cronista de El Mundo tras la emisión de Tengo una pregunta para Usted.

En condiciones normales, País Vasco y Cataluña serán historia en los libros de texto de las escuelas rurales de la meseta castellana en un plazo de diez años, quince a lo sumo, lo que no obstará para que a un PP normalizado le dejen ganar unas Elecciones e incluso pactar con los que darán el tiro de gracia a la Nación.

A cambio de volver a gobernar un ratito, Rajoy o quien le suceda en el PP deberán seguir haciendo vida normal, como si aquí no pasara nada: Soy de Galicia, y en este plan. De bodorrio con un hijo gay. ¿Lo que gano? A ti te lo voy a contar. No se preocupe, señora, que yo le subiré la pensión. Todo ese rollo de normalidad con escombros.

Rajoy habla siempre en primera persona, nunca en equipo. Rara vez emprende la defensa de sus colaboradores ante el mantra difamatorio de la spin mahcine de la izquierda. Y cuando tiene que hacerlo, como en el caso de Ángel Acebes en su rol de Ministro del Interior durante la crisis del 11-M, lo hace con una cautela clamorosa, después de un matizado exordio, recalcando que él no era miembro del Gobierno cuando se produjo el atentado y liberando, al final, la sufrida destilación: "Pero soy de los convencidos de que dijo la verdad".

Cuando un invitado le interpeló en el mismo programa por el incidente de la expulsión de Vicente Martínez-Pujalte del Congreso, Rajoy prefirió escaquearse: "Oiga, pero yo no fui expulsado, ¿eh?", dejó claro a su interlocutor.

En la mayoría de sus respuestas a las consignas de la propaganda del PSOE, que algunos invitados al programa reproducían con memoria de escolanía, Rajoy activó la misma actitud defensiva. Mírenme a mí, un tipo de lo más normal, garantía de moderación y centrismo del PP, es la idea que subyace a todas sus respuestas. En su discurso redentor, lleva implícita la culpa. Y su penitencia es pasar por el aro de los nuevos formatos de repudio público con apariencia de normalidad democrática. Rajoy ha caído en la peor de las trampas del régimen de derribo en ciernes: la normalidad.

Quizá es la bondad que le atribuyen, pero el hecho es que al aceptar la agenda de la izquierda –este viernes se declaró "enormemente feliz" por el resultado del programa–, acepta que lo normal es que la derecha liberal es culpable, y que sus líderes deben explicarse, matizar, empezar por desmarcarse para ser aceptados.

Mientras Rajoy se encerraba con su equipo a memorizar el precio de las lechugas y el rape, Zapatero ha tenido tiempo de entregar un poco más el Sáhara y las aguas de Canarias a Marruecos; ha puesto definitivamente en la calle a Ignacio De Juana y ha enterrado junto a IU la Transición, con la Ley de Memoria Histórica.

Mientras el jefe de la Oposición ensayaba las preguntas que creían que le iban a hacer, con el único objetivo de que le viesen como un tipo "normal" y no de denunciar lo excepcional de la situación nacional, el nuevo régimen no ha perdido el tiempo. Ni los que pintaban los grandes cartelones de confesión que los depurados de la Revolución Cultural maoísta llevaban colgados del cuello en los actos masivos de repudio lo habrían organizado mejor.

Si todo va normalmente, la independencia del Poder Judicial acabará por rendirse en esta Legislatura. Algo fuera de lo normal tendría que ocurrir para que las Cortes no acaben imponiendo tarde o temprano el veto definitivo y total a toda iniciativa que nazca del PP, mientras éste no siga la senda de normalidad señalada en TVE por Rajoy.

Normalmente, todas las televisiones acabarán afinando alguna que otra información inconveniente que aún se resisten a deponer, y se convertirán en un pregón unánime del régimen, con esporádicos focos a Rajoy, siempre que sea para decir, como el jueves, que él también es normal y quiere que le normalicen.

Lo normal es que todo esto lleve al líder del PP a perder las Elecciones en 2008, se precipiten las reformas que acabarán por liquidar el sistema constitucional y se produzca un relevo en la Dirección del PP que llevará al actual alcalde de Madrid a convertirse en la alternativa normal a Zapatero. O que Rajoy las gane pírricamente, pacte con los nacionalistas y haga la política que haría Alberto Ruiz-Gallardón, con lo que, normalmente, se llegará al mismo punto final, que es de lo que se trata.

Todo es de una normalidad aplastante en España, desde el 11 de marzo de 2004.

(extraido de Libertad Digital http://www.libertaddigital.com/noticias/noticia_1276303874.html )

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